Cuando se abren
espacios dentro de la Universidad para fomentar la lectura y la escritura y
puedan tener éxito en sus labores académicas propias de su disciplina, se
evidencia, en los estudiantes, serias dificultades
para acceder a los textos académicos y a
las tareas de redacción. Estas dificultades suelen atribuirse como responsables
a la educación básica y media vocacional, pues en el imaginario de los docentes universitarios,
prevalece esta idea y quieren solucionarlo
con una cómoda posición, según la
cual estas “carencias” debe suplirlas el propio
estudiante -pues ya debe asumir la
responsabilidad de su proceso-.
Sin embargo, es posible que si esta posición fuera
válida, estuviéramos condenando al estudiante a una eterna condición de
adolescencia (Skliar, 2007), en el
sentido pleno del término, pues cada nivel
educativo y cada disciplina comportan códigos, requerimientos y formas de hacer particulares que serían
difíciles de conocer plenamente y para
siempre en algún momento. De la misma
forma, la alfabetización “es un proceso y no un estado” (Marucco, 2005).
En este sentido, las prácticas de lectura y escritura
ocurre siempre en un contexto cultural o disciplinar determinado y el hecho
mismo de que los conocimientos y
experiencias de alfabetización sean incondicionalmente
transferibles.
Así pues, Carlos Lomas revela la misma preocupación, que
como maestros universitarios hemos
tenido siempre ante la dificultad que presentan los estudiantes para comprender
y producir textos escritos tanto en nivel medio como universitario. Entonces la
alfabetización se la puede entender como la habilidad para usar recursivamente
el sistema del lenguaje verbal y escrito
en situaciones específicas, a través de lo cual el conocimiento es mucho
más accesible para nuestra propia sociedad. Por tanto, difícilmente se podría
aceptar que la responsabilidad de leer y escribir adecuadamente en la
universidad es de dominio exclusivo del
estudiante. Por lo tanto, es urgente asumir, como docente universitario, la
responsabilidad de incluir al recién ingresado en las conductas letradas de la
academia (Chanock, 2001) para evitar que estas terminen por aislarlo o
rechazarlo. Es mejor concientizar y enseñarle al estudiante cómo hacerlo, cómo
reconocer los requerimientos de nuestro espacio educativo al punto de no
universalizar estrategias y terminar, de nuevo, en ejercicios remédiales (Hirst, 2004).
En este orden de
ideas, una posibilidad de hacer frente a esta problemática es que los
profesores universitarios, de todas las áreas, propongan actividades, dentro de
la temática de su especialidad, que involucren la tarea de leer y escribir.
Pero para ello los mismos docentes deben tener una concepción clara de cuáles
son las estrategias a aplicar para comprender y producir un buen escrito, las
pautas de evaluación que deben ser tenidas en cuenta. Ello requiere el análisis
de la situación vigente en las instituciones y, de acuerdo con esto,
implementar una secuencia didáctica que
permita generar respuestas eficaces.